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5.4.13

En algún momento durante el transcurso de la mañana, pensé en escribir algo. Sé que era una idea vaga, vaguísima. Trate de visualizar alguna idea, algo, que no fuera tan fantasmal y diáfano. Entonces busqué algunas formas fabricadas en mi propia memoria. Al mismo tiempo pensaba: "algún texto", como contestándome a una supuesta pregunta por el "qué" del asunto. Regresé a la playa, era un texto viejo, ya publicado, pero no me importó. Recuerdo que el personaje había nadado mucho y bebido algunas cervezas, por lo que se encontraba más o menos tirado sobre la arena. Recuerdo que esa era la posición que guardaba cuando en su mente realiza unas reflexiones muy abstractas de lo que llama "percepción del panorama", pero ahora, en esta nueva visita a un viejo manuscrito, dicho personaje está de pie. Los sucesos azarosos, asimismo, que ocurrieron en el pasado, registrados en el texto original, no se encuentran ahora. En su lugar, como dije, nos enfrentamos a un cielo azul con algunas nubes ribeteadas en él, gravitando sobre una mar de verdes y azules proceloso. El viento sopla de una manera muy real y fuerte. Los pensamientos también son otros, correspondiendo a los pensamientos que pudieron haber ocurrido instantes después de lo que se narró aquella vez.



9.9.11

Una forma de acercarse a las mariposas es a 120 kilómetros por hora. Puntos de contacto más frecuentes, el radiador, el parabrisas, ángulos frontales del automotor, etc. No es una forma directa –debido a su peligrosidad- pero es lo más cercano posible. Además, en primera instancia, lo único perceptible es el impacto. Después, ya en casa o en el destino final, comienza lo bueno. En el radiador se incrustan, pero pareciera que hubieran querido incrustarse en el parabrisas también. Efectivamente, la velocidad en el momento justo del encuentro es máxima. Pero las distintas naturalezas del material utilizado para recoger la muestra –por un lado, las afiladas celdas de aluminio del radiador del automóvil, y por otro, la lisura del cristal de su parabrisas- hacen una diferencia. El sentido de oportunidad es un punto a destacar y es de todos bien sabido que se facilita la remoción de la materia de estudio en la inmediatez del inicio de la investigación (tres o cuatro horas posteriores), cuando sus fluidos vitales, la sangre de los invertebrados, no se ha secado del todo, cuando aún es posible percibir -sin más- su repugnante olor. La superposición de los cuerpos, en la parte correspondiente al radiador –visto por su parte frontal (de aquí en adelante)- nos da cuenta del material resistente del que están compuestos sus exoesqueletos. Las antenas, las nervaduras de las alas, los ojos, en definitiva, dentro de su propia cubierta. Hay cierta promiscuidad –y se entiende- en esta amalgama de seres reunidos en el encuentro con el filo que los diseñadores industriales dedican por igual en pos del enfriamiento de los automotores en general, y la investigación entomológica. Nunca falta el científico perspicaz que, fascinado primero, por los colores diversos de los animales, la sobreimposición azarosa de éstos, termine confundiéndose y piense que está frente a lo más parecido a una obra de arte. En lo concerniente a la verdad, este ideal de la ciencia, lo pertinente aquí en todo caso, será siempre el análisis serio de los pigmentos utilizados, su composición química, posibles explicaciones sobre los fines concretos de su utilización; fuera de ello todo es un caminar incierto en las fantasmagorías del sentimiento y la teoría estética.